Algo que distingue a un buen gobierno de otro no tan bueno es que no se deje doblegar ni por la opinión pública, ni por los intereses marketinianos que tan de moda están en la política “de redes sociales”, buscar esa foto que atraiga miles de likes.

Tampoco se trata de que un gobierno quede en manos de alguien que, tal como ocurre en Estados Unidos, se equivoca día tras día sin importarle las consecuencias, pero sí, que tal como está ocurriendo en España, no sean los telediarios ni Facebook quienes marquen la agenda política, que parece cada vez más improvisada (propio de un gobierno igual de improvisado).

Me refiero, si el título no ha sido lo suficientemente clarificador, a la política que se está llevando con el problema migratorio (que tal como indiqué hace un mes, no es que sea algo nuevo). ¿Se deben abrir puertos a todo barco que asome en el Mediterráneo?

 

Diferencias entre una política planificada y una política improvisada

Retomo la pregunta: ¿se deben abrir puertos a todo barco que asome al Mediterráneo? Pues si hay capacidad para ello sin duda: no hay que dejar nunca ni bajo ninguna circunstancia, morir a alguien si hay capacidad para evitarlo, y en estos casos la hay.

Pero esto no quita que se haga bajo unos supuestos y bajo unas condiciones que aseguren no la viabilidad de cada rescate, sino la perfecta acogida. Que no haya un abandono ni de quienes se reciben, ni de quienes acogen.

¿A dónde quiero llegar con ello? Que no se es más solidario por ponerse en primera plana y recibir al primer barco que ocupe titulares. Se es igual de solidario (o incluso más, ya que no se busca el reconocimiento) quien cada día ayuda a su parroquia, a las asociaciones que hacen la vida más confortable a quienes lo necesitan y sí, también a los inmigrantes que huyen de una realidad salvaje e injusta.

En el caso del conflicto del Mediterráneo, Barcelona, Valencia y sus alcaldías populistas ya han alzado la mano pidiendo ayuda porque son incapaces de acoger a todo barco que surque el mar desde las costas de Libia o el Oriente Próximo, algo que no hubiese pasado si se hubiese llevado un orden en este asunto.

Los barcos, aunque no lo veamos en las noticias, siguen llegando, pero ya no interesan… Ya el tema parece haberse “quemado” y no es un nicho de votos como ahora lo es el Valle de los Caídos (que daría para más de un artículo también) y ese desinterés decreciente, también tiene su reflejo en que las políticas que a ello refiere, también decrezcan…

En qué momento surge el “efecto llamada”

 

El efecto llamada no es producto de una acción ni de una situación concreta, sino de un mal gobierno que gestiona mal sus realidades. En el caso de España (por cercanía, bien podría hablar de México, Italia, Francia, EEUU, etc.), desde siempre ha tenido un problema migratorio, pero el problema es que lo tiene situado (y a mi parecer controlado, con sus más y con sus menos) en el sur, en la frontera marroquí.

Lo que está sucediendo en el Mediterráneo, a priori no era un problema del estado español, tampoco del francés, (lo era del italiano en Lampedusa, del chipriota, del maltés…), pero sí que ha causado ese “efecto llamada” apuntándose un tanto, el del Gobierno “progre” que acoge a todo el que lo necesita, sin pensar en las consecuencias.

Colau hace bien en a estas alturas exigir que Barcelona no sea el único puerto de acogida, pero bien tendría que haber pensado esta situación cuando se puso en primera fila a la hora de hacerse la foto, salir en titulares o, en el mismo símil, pero a la valenciana, cuando se hizo toda una fiesta para recibir a un barco de migrantes a este lado del Mediterráneo.

Lo que se tendría que haber hecho es, tal como sucedió después, como siempre, mal y tarde, reunir de urgencia a todos los implicados bajo el marco de la Unión Europea (que para eso está) y diseñar un protocolo igual de humanitario, pero mejor planificado para estas situaciones… Mientras tanto no existe un “efecto llamada” por el que los migrantes pongan rumbo a España, pero sí un efecto colateral por el que los países afectados, no tomen en serio las políticas de este país y continúen mirando por sus propios intereses mientras España resuelve los que pueda darle más titulares,

Insisto: no se trata ni muchísimo menos de mirar hacia otro lado o no atender una realidad cruel y amarga, sino de contemplarla y afrontarla con toda la capacidad para tratarla como merece, con garantías para todos los actores implicados.

 

Una reflexión sobre “el efecto llamada”: ¿es todo movimiento migratorio algo nuevo o “se promociona”?
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