El juego político tiene sus particularidades. Así, por mucho que vivamos en democracia y situaciones como las que sucedieron en Europa y en el resto del mundo hace menos de un siglo queden lejanas y, probablemente, pensemos que imposibles de repetir, nada nos asegura que, en cualquier momento, un error de forma o una mala interpretación de alguno de nuestros “queridos” líderes, acabe en conflicto (no me refiero al armado, sino al diplomático).

Este pensamiento, en la era precrisis era inimaginable, pero desde entonces hemos visto como poco a poco lo inimaginable se convertía no solo en realizable, sino en realidad. Así, de pronto, uno de los países fundadores de la Europa unida, promotor de la igualdad continental y de la cooperación entre países, acaba rompiendo este tratado de décadas y en crecimiento creando una crisis institucional que aún desconocemos el volumen de su alcance.

Al poco, un empresario oportunista y bien asesorado, con caché más televisivo que parlamentario, se hace contra todo pronóstico con la presidencia de uno de los países más poderosos (si no el que más) del mundo, sumiéndolo en una profunda crisis de reputación tras años en los que su ex mandatario se paseaba por alfombras rojas y era vitoreado e incluso galardonado con el Nobel.

Desde entonces la ola del llamado populismo no ha parado de extenderse, pasando por cada país al que el turno de las urnas le llegaba. Hemos visto a una Francia dividida enérgicamente a la hora de elegir a su presidente de la República, una Italia cuya sombra del denostado Berlusconi se hacía más grande, un Brasil cuyo líder causa de todo menos admiración y, finalmente, como en España la derecha de la derecha se abría hueco entre las instituciones.

A cada ejemplo que se produce, la reacción “común” al menos entre los medios es siempre la misma: información con suma de repulsa. Sin embargo, todo y cada uno de estos ejemplos, otros tantos no reproducidos y otros que, con toda seguridad, se producirán tienen un denominador común: tengan modos dictatoriales, creen cierto rechazo entre la población o nos preguntemos cómo ha sido posible, todos han llegado gracias al voto legítimo y de pleno derecho del pueblo. ¿Es eso criticable?

 

La voz incontestable del pueblo norteamericano

 

Gran parte de por qué causan repulsa muchos de estos poco carismáticos líderes y sus acciones las tienen los medios y hervideros de “infoxicación” como resulta internet. La pregunta de cómo se puede pasar de un “Obama” querido y amado por… ¿todos? a un “Trump” que representa lo peor del capitalismo y el poder sin escrúpulos quizás no nos la deberíamos hacer desde España, Latinoamérica o desde cualquier otro lugar del que lleguen noticias sobre Estados Unidos, sino desde las propias fronteras internas del país.

Polémicas aparte sobre la manipulación de la campaña electoral, lo cierto e indebatible es que Trump salió elegido por la gran mayoría. Y ningún estadounidense estuvo condicionado a la hora de elegir candidato, aunque previamente fuera avasallado con mensajes y propaganda. Entonces, si tan malvado es, ¿cómo salió elegido?

Quizás la culpa no fuera la imagen de cada candidato, sino sus políticas y las existentes en Estados Unidos al momento de la elección. Se ha vendido la era Obama como una era dorada, pero la realidad es que, al finalizar su mandato, había tanto luces como sombras en su gestión.

El famoso muro de Trump no es en realidad el muro de Trump. Es el muro que ya existía desde hace décadas, y que tuvo su mayor implementación en las eras demócratas precisamente, tanto en la del propio Obama como con anterioridad a manos de Bill Clinton, cuya mujer Hillary, no es que presentara en su programa frente a Trump unas políticas mucho más amables hacia la población.

 

Europa, la “modélica” demócrata cambia de opinión

 

Y de Estados Unidos, cuyas proclamas basadas en el “American Way of Life” en el que (desde ahora literal) cualquiera puede llegar a presidente, todo nos puede sonar a exagerado, pasamos a una Europa tradicionalmente moderada.

Si lo de Trump sonaba a inimaginable, pero al final incluso predecible (más aún si, insisto, atendemos a las políticas que Hillary Clinton presentaba como alternativa), el Brexit europeo y el ascenso de partidos de extremo en Francia, Italia y, ahora España sorprende en un continente donde la imagen de piña e igualdad político-social era la tónica generalizada.

La idea de un Reino Unido fuera de la Unión Europea era inimaginable hace solo un lustro. Que un país cuya voz era determinante mucho más allá de su territorio, abandone un sistema político del que fue fundador y cuyo funcionamiento en temas económicos y sociales estaba demostrado, no entraba en la agenda de ningún británico. Sin embargo, el pueblo soberano lo tuvo “medianamente” claro a la hora de decidir (pese a lo ajustado del resultado) en cuanto le preguntaron.

¿Y a qué se debe este giro inesperado de los hechos? Quizás el más evidente era culpar a la desinformación y a la campaña de desprestigio a la que se había envuelto todo lo que sonara a europeo desde Inglaterra (y que suena parecido en Cataluña con proclamas como “Espanya ens roba” – España nos roba, curiosamente propulsadas por partidos envueltos en numerosos casos de corrupción), pero la realidad es que los votos en contra, vienen en su mayoría de familias cuyas cuentas bancarias, cuya integración social, se aleja de esa idea de florecimiento vendida.

 

El por qué de los giros políticos  

 

En este último punto está la clave de todo lo que está sucediendo. El pueblo que vota a los extremos es un pueblo que se refugia en ellos cansado de las corrientes políticas “moderadas” que no les ha dado ningún tipo de resultado en todos estos años de crisis. Es un pueblo al que, queriendo o sin querer, se le ha dado totalmente la espalda cuando las cosas no iban bien, y al que el “sálvese quien pueda” de sus mandatarios traducido en recortes solo en lo que afecta al pueblo y no al parlamento, les ha acabado pasando factura.

Porque sí, puede que de miedo como quienes hacen proclamas racistas, homófobas o llenas de radicalidad tengan su poder y su representación en alta voz, pero también es cierto que estos mismos son los únicos que han venido a romper con el pacto de silencio que hasta ahora se daba en todos los partidos, sean del signo que sean, sobre la más imperante que los extremos, casos de corrupción.

Así, por ejemplo, mirando al último caso en Brasil, quizás Bolsonaro no pase a la historia como el presidente más encantador del país y con mayor carisma, pero sí que lo hará como el único que a día de hoy ha puesto sobre la mesa y, esperamos que sobre el banquillo, a los culpables de que un país con proyección de gigante económico, acabe hasta arriba de deudas y saqueos. Deudas y saqueos promulgados por presidentes más “encantadores” como Lula Da Silva o Dilma Rousseff.

Lo mismo en Andalucía, donde 40 años del mal llamado socialismo han acabado con miles de millones de presupuestos para políticas sociales desviados a las arcas de sus mandatarios y amigos, mientras tanto los andaluces soportaban recortes en sanidad, infraestructuras y educación, todo con la complicidad y el silencio de quienes no se catalogaban como extremistas.

 

 

Una revisión de la “nueva política” en el mundo: ¿por qué han resurgido los extremos?
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