No quiero ser injusto hablando de Venezuela. No quiero ser injusto porque no me parece razonable que exponga en primera línea los problemas, las cloacas de un país hermano injustamente maltratado mientras suceden políticas similares en la misma España o el Uruguay que me resultan más cercanos. Por eso, a pesar de tener una firme opinión formada y legítima al respecto, hablaré únicamente de Venezuela como base para exponer un mal común, que no es otro que el nivel de endeudamiento de países que creemos desarrollados o en desarrollo y no son más que títeres de organizaciones mundiales y multinacionales.

 

La deuda mundial: una bomba de relojería

 

Empecemos al nivel económico más macro posible: cuánto se calculan las deudas mundiales en total: el equivalente al 225% del PIB mundial. Es decir, se debe más del doble de lo que se obtendría con la producción anual total de todos los países.

Este dato se ahoga entre imágenes de Maduro, de Bolsonaro, de Sánchez, Trump y otros tantos “acaparadores” de miradas que distraen sobre estos resultados. Aquí no hay izquierdas ni derechas, aquí hay una gestión nociva se mire por donde se mire.

Usted como particular, ¿se le permitiría que deba más del doble de lo que produce?, ¿se le otorgarían préstamos para mantener un correcto nivel de vida a fondo perdido? La economía tiene sus teorías y formulaciones, pero en su naturaleza, el reflejo de la economía doméstica o microeconomías no difiere mucho más que en la macroeconomía o políticas económicas mundiales. En este caso el desajuste es más que evidente.

 

¿Por qué se es permisivo con las deudas?

 

Una pregunta lógica ante toda esta debacle de números rojos es, ¿cómo se consienten?, ¿por qué se les permite a ciertos países que deban aún más de lo que son capaces de producir? La respuesta está en, como en todo lo que se refiere a orden mundial, los intereses que tengan las potencias y organismos internacionales por no “hacer caer” toda una economía nacional.

Por ejemplo, cuando en los años más duros de la crisis, la situación económica de Grecia abría los noticieros, no fueron pocos los que ante los hasta tres rescates financieros perpetrados en el país heleno de manos de la Unión Europea (de cuantías que superaron los 300.000 millones de euros), demandaban “dejar caer” a Grecia e incluso sacarla de la Unión.

¿Fueron adecuados los rescates a Grecia? En primera instancia, evitar la total bancarrota de un país es lo suficientemente legítimo para que sus socios económicos (la UE básicamente), lo eviten a toda costa, pero hay que atender a los resultados 8 años después del primero de los rescates para cuanto menos, poner en duda que la actuación haya sido la correcta.

A 2019, Grecia se encuentra en una posición “fuerte” como para poder subsistir por sí sola (de hecho, hace apenas unos meses que se retiraron los planes externos de apoyo del país, que aún tenía intervenidas sus cuentas), lo cual es una consecuencia positiva pero, ¿qué pasa con la deuda aún pendiente y qué consecuencias ha traído?

La deuda griega no ha vuelto a las arcas de la UE ni del FMI, es imposible pensar que en tan corto tiempo se restablezca un orden económico tan caótico como el heleno. Lo que sí ha vuelto a manos privadas es un tercio de la producción griega, intervenida internacionalmente no para pagar esa deuda, sino para cobrarse de por vida sus intereses generados. Grecia tiene unas cuentas medianamente saneadas a cambio de hipotecarse por varias generaciones y de perder derechos sociales que han costado decenios conquistar, como su sanidad pública o infraestructuras que ahora son consideradas de segunda clase, como las bibliotecas.

 

Nada nuevo bajo el sol de Europa…

 

Aunque hablemos del caso heleno como ejemplo, no se trata de una “política nueva” improvisada por la Unión para salvar un país miembro: ya desde su propia concepción, cuando ni siquiera era UE sino CEE (Comunidad Económica Europea), los miembros fundadores de aquel entonces (Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Alemania Occidental y Francia), tuvieron que hacer todo tipo de excepciones para “dejar entrar” a Italia.

En ese momento, y por muchos años posteriores, la economía italiana estaba devastada por el déficit, sin esperanza de recuperación. Ningún ratio de la economía italiana se acercaba a los mínimos aceptables para formar parte de la comunidad. Solo el hecho de que no se concebía una CEE sin Italia (miembro de la CECA, de cuya ramificación surgía esta CEE para no solo permitir un comercio más fluido del carbón y acero, sino también de otras materias primas), fue lo que impulso a los países cofundadores a permitir las excepciones correspondientes (bajo condiciones que luego nunca se cumplieron), para que Italia formara parte de la comunidad recién creada bajo la firma del tratado que, para más INRI, se redactaba en su capital, Roma.

De este hecho hace ya más de 50 años y sin un marco regulador firme como para decidir la posición de un país como economía decisiva para el resto. ¿Por qué incluso antes de constituirse el germen de la Unión Europea, ya se contemplaban ayudas a países miembros? Por dos factores clave: el interés del resto de potencias que ya hemos desgranado, y también no menos importante, asegurar una estabilidad política que se traduzca en “paz” tanto económica como social.

Cuando se discutía mínimamente si Italia era merecedora o no de formar parte de la CEE, Alemania Occidental y Francia (otros dos miembros fundadores) aun conservaban ciertas heridas abiertas de los sucesos acontecidos durante la I y II Guerra Mundial, por lo que introducir como otro de los actores decisivos en sus políticas comercializadoras, a un país que había vivido circunstancias similares como Italia y que había renunciado con firmeza a su pasado fascista, serviría para aliviar tensiones y asegurar una paz solo posible si en lo económico existían garantías.

 

… Ni de las políticas económicas mundiales

 

Otro de los problemas del endeudamiento endémico que tienen los países, no viene solamente de la “permisividad” de una institución como la Unión Europea, sino por la comúnmente aceptada política del “que venga otro a arreglarlo”.

Muchas veces los países a la hora de solicitar préstamos, al tener marcos económicos favorables, y relativamente poca responsabilidad de repago, (dado que supuestamente lo pagaran gobiernos venideros), los gobiernos de turno abusan de su posición para crecer el aparato estatal sin control externo efectivo.

También está el bien sabido caso del “a qué vas a venir tú a hablarme de cómo llevar mis cuentas”, que en el caso de la Unión Europea,  se hacía patente al no haberse hecho lo suficiente para controlar el gasto de los gobiernos miembros por no dar la sensación  de invadir la soberanía de cada país.

Hasta la llegada de los llamados “hombres de negro” (inspectores que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Europea enviaron durante la crisis para verificar la situación de los bancos de los países intervenidos), resultaba incluso grosero que la Unión o un país como Alemania, decidiera el modo en el que cada nación manejaba sus cuentas.

Tras la experiencia de los rescates, ahora incluso nos parece natural que se escuche cuanto menos la opinión de Bruselas o incluso de mandamases como Angela Merkel (cuando no debemos olvidar que la todopoderosa economía alemana, tal como veremos más abajo, no puede “sacar pecho” al respecto), pero han hecho falta millones a fondo cuasi perdido, para que alguien en el continente europeo intentara poner (con mayor o menor atino, con mayor o menor autoridad) algo de orden.

En el caso de Latinoamérica, el problema es aún mayor, ya que no existe una congregación de naciones americanas donde se fiscalice el gasto y haya que presentar explicaciones del mismo, No existe una Merkel, no existe un Juncker ni unos hombres de negro que cuanto menos hagan preguntas que haya que responder… Por lo que el siempre despreocupado carácter que se nos achaca a los latinos nos hace pensar que siga la fiesta del derroche, que alguien la va a pagar.

Un apartada más adelante detallaremos algunos números a los que asciende la factura de esta fiesta, pero antes…

 

¿Y España?

 

No nos debemos olvidar tampoco que Grecia fue el foco de todas las miradas en cuanto a cómo una crisis salvaje era capaz de llevarse de la noche a la mañana una economía nacional, pero no fue la “rara avis” en la que fijarnos: a ella le siguieron Irlanda, Portugal, Italia y España. Países que, si bien años después de sus respectivas intervenciones no se encuentran hipotecadas al nivel heleno, sí que han tenido serios problemas ante la recuperación, y los tendrán aún más ante la hipotética crisis que según las voces entendidas… “está al caer”.

Al haber tenido una recuperación lenta, llegaron tarde a la etapa de crecimiento, lo cual les daría una posición de salida ante esta nueva hipotética crisis de desventaja ante otros países que hicieron bien sus deberes. Concretamente, la posición de salida de España si la crisis llegara hoy mismo sería la siguiente:

Socialmente, se han recuperado puestos de trabajo y no se encuentra en la tasa de paro salvaje que llegó a alcanzar en torno a 2010 (un 25% de paro, más del 50% en el caso juvenil), lo cual permite que cierta estructura socioeconómica se pueda mantener pero, ¿es lo suficientemente fuerte esa estructura cuando hace frente cada día a 90 millones en pago de intereses de deuda? Hablamos de pagos diarios y pagos solo de intereses, lo que significa que ni tan siquiera la reduce.

Gracias a estos datos, España se sitúa como el undécimo país del mundo con mayor deuda pública. Acompañado de otros países latinos pensarás ¿no? Pues nos equivocamos: los países con mayor peso en cuanto a deuda son Estados Unidos (31,8%), Japón (18,8%), China (7,9%), Italia (3,9%), Francia (3,8%), Alemania (3,8%) y Reino Unido (3,7%).

Así, pese a las circunstancias, estos países en vez de “arrimar el hombro” y hacer algo por solucionar una crisis que tarde o temprano estallará, son críticos e intervencionistas con otros países, y juegan a otros asuntos como el Brexit o el desafío catalanista.

 

¿Y Latinoamérica?

 

Ahora sí. Mal que nos pese, los latinoamericanos tradicionalmente somos de los países que peor manejan sus recursos económicos. Así, no hay país de este rincón del planeta que no esté acostumbrado a los vaivenes de sus economías, que tanto son un día ejemplo de desarrollo (Brasil hace apenas 8 años… quién lo ha visto y quién lo ve) como ven intervenidas las cuentas bancarias al día siguiente. Incluso se observa con extraña mirada cuando países de la zona se desmarcan de las políticas izquierdistas propias y “que tan bien nos han funcionado”.

A día de hoy, solo Chile puede presumir de políticas económicas medianamente responsables (medianamente… según el ratio que se mida la perspectiva cambia como veremos al final del artículo). No lo digo yo, -aunque bien quisiera esos datos para Uruguay-, lo dice el propio ranking de endeudamiento, donde se encuentra orgullosamente a la cola con una tasa de “solo” 23% sobre su PIB (el porcentaje de España al respecto se sitúa en torno al 98% según los más optimistas, 135% según los más realistas).

En cuanto al resto, Venezuela no está a la cabeza: es México la que tiene este “privilegio”. Con 180.986 millones de dólares en negativo, los mexicanos sufren una total dependencia de lo que otros calificarían como privilegio: su petróleo, cuyas caídas afectan a un 30% de sus ingresos totales de PIB.

Algo parecido a lo que le sucede, ahora sí, a Venezuela, segunda en este ranking con un monto total de 132.156 millones. ¿Y Uruguay? Su factura asciende a 34.000 millones de dólares, que nos pueden parecer incluso nimios vistas las cantidades que se manejan en países vecinos pero, ¿dónde está el petróleo en Uruguay?

Así, si bien la deuda uruguaya no alcanza cifras de Venezuela, México, Brasil (130.000 millones) o Argentina (96.000 millones), si nos fijamos en cuánto porcentaje de su PIB supone esta cantidad, la cosa cambia, quedando tristemente en segundo lugar respecto al ratio de proporción entre deuda y PIB (con un 28%), solo superada por Panamá (35,5%) y seguida curiosamente por un país de los “alabados”: Chile (25,2%).

Con esta perspectiva global de la situación económica a 2019, en plena bonanza, ¿aún nos debemos preocupar por lo que otros países hacen e incluso intervenir en sus políticas? Mi total solidaridad con el pueblo venezolano, que necesita el cambio más que ninguno, pero también con todos los ciudadanos que sufren de la total irresponsabilidad de sus gobernantes en materia económica y que, pese a trabajar duro día tras día, ven hipotecados sus futuros por el intervencionismo entre otras razones y por motivos que surgen de la noche a la mañana (qué viento en popa iba el Brasil de Lula…).