Prohibición de Uber para operar en Barcelona, el papel de AirBnB en el fenómeno gentrificador y su repercusión en los precios del alquiler, el conflicto con tintes bélicos del sector del taxi contra Cabify, el debate sobre la tributación de los ingresos de Blablacar… La llamada economía colaborativa ha llegado para quedarse, y tal es la firmeza con la que se ha impuesto a las opciones “tradicionales” que son muchas las cuestiones que, como las indicadas, generan una controversia que transciende de lo empresarial hacia el planteamiento de si debemos cambiar el modelo económico y la legislación que lo regula hacia opciones más flexibles.

 

¿Qué teme el sector tradicional?

 

Por sector tradicional no me quiero referir únicamente al sector del taxi, sino a todo sector “intervenido” frente a otros sectores que abogan por el liberalismo económico. Tampoco quiero hacer una defensa ni de una parte ni de otra, pero sí plantear una cuestión, un sentir que está en la calle, un debate en general que pasa de largo en los noticieros y que sin embargo nos afecta más de lo que podamos llegar a pensar.

 

No se trata de posicionarnos de la parte de Cabify o del sector del taxi, pero tampoco de cerrarnos en banda como ultras de una opción u otra sin entender las motivaciones de cada una de las partes.

 

El problema por el que los sectores tradicionales (insisto: no hablamos sólo del taxi, sino de los transportes públicos, del sistema inmobiliario, etc.) están en pie de guerra es que, hasta la irrupción de estos nuevos modelos, sus sectores estaban ampliamente protegidos por unas reglas a las que todos debían sumarse si querían pertenecer a él. Si querías ser taxista podías o bien adquirir una licencia que pesa más que una hipoteca, o adherirte a una compañía que te la gestione y vivir “asalariado”. O cara, o cruz, sin medias tintas.

 

Así, el taxi se convirtió sobre todo en los años 60, 70… en un refugio común para quienes no encontraban oportunidad laboral en otros sectores, de igual forma que a principios de esta década, quienes la crisis se llevó por delante sus trabajos o posibilidades de empleo, encontraron en su vehículo particular una buena forma de conseguir ingresos. ¿Debemos juzgar a estos segundos de distinta forma que los primeros?

 

Extrapolando la situación a otros sectores, lo que sucede con este debate de las economías colaborativas es muy similar a lo que ocurrió a mediados de los 2000 con la total irrupción de internet en nuestras vidas: los diarios en papel vieron de la noche a la mañana cómo las nuevas tecnologías estaban acabando con la naturaleza de sus negocios. ¿Os imagináis lo descabellado que hubiese resultado que el lobby de la prensa, hubiese planteado la total prohibición de publicar noticias en la red?

 

No se le puede poner “puertas al campo”… Y nos guste o no, el debate está en si los métodos tradicionales deben renovarse o morir.

 

¿Qué es en realidad la economía colaborativa?

 

El trasfondo de todo este debate es que se nos vendió en un comienzo la economía colaborativa, aprovechando la coyuntura de la brutal crisis económica vivida hace pocos años, como el maná que caía del cielo, la forma que teníamos de acceder a servicios tradicionalmente caros a precios competitivos mientras crecía en nosotros un espíritu emprendedor por el cual con tener un coche, una vivienda de segunda ocupación o cualquier otro bien “compartible”, podríamos convertirnos en nuestros propios “jefes”.

 

La realidad es que detrás de quien ejercía de chofer a tiempo parcial con su coche de toda la vida, hay un grupo de mentes privilegiadas, de atrevidos empresarios que han querido desafiar el modelo imperante y sobre todo, abrirse paso en un mundo de puertas cerradas.

Uber, Cabify y otras empresas de este sector creciente no surgieron en garajes como se nos cuenta de Apple y de Google, tampoco en elegantes despachos de un distrito financiero, pero sí desde los estudios y la formación de jóvenes empresarios inconformistas que supieron ver la oportunidad allá donde se les presentaba.

 

¿Debemos frenar ese ímpetu emprendedor por ir en contra de “lo de toda la vida”?, ¿qué sería de Silicon Valley, de Palo Alto, de Mountain View… si a cada propuesta, a cada innovación, a cada una de las ideas de todos esos “garajes”, se le pusiera un freno inmediato o una desorbitada oposición?

 

Insisto: el planteamiento no debe dirigirse a proteger una forma de negocio frente a otra, sino facilitar la transición entre ambas, que puedan convivir o incluso participar conjuntamente de la conversión hacia otro modelo económico sin que se cause un perjuicio. El tema no pasa por lo económico, sino por lo político. El problema que genera la economía colaborativa en sociedades diferentes a las Americanas donde surgen y se generan “esas mentes brillantes” que no respetan fronteras, es la total falta de acción o reacción de los sistemas políticos, y culturales clientes de esas aplicaciones. ¿Qué quiero decir con esto? Que no es culpa de ellos que los políticos de España no regulen el tema y no lo controlen… que no es culpa de ellos que los choferes de Uber en India se suicidan porque no llegan a pagar el préstamo del coche. Lo que si considero un falta total de moral (base de la economía colaborativa de Silicon Valley), es que hagan caso omiso del impacto que generan en otras culturas; y que los sistemas políticos de las mismas miren para el costado dejando que los “bandos” se maten unos a otros (caso Taxis contra Uber o Cabify). Eso es lo que es una verdadera vergüenza.

 

¿Y qué ocurre de puertas para afuera?

 

Mientras en España y Latinoamérica nos cerramos en banda a estos modelos sin reenfocar el debate, en otros países no necesariamente más avanzados la discusión transcurre por otros derroteros.

 

Es el caso de la India, por ejemplo, donde para ser conductor de Uber muchos trabajadores sin esperanzas se embargan en préstamos que les permitan acceder a un coche para obtener ingresos, lo cual les llevan a trabajar jornadas maratonianas para que les salgan las cuentas. Una presión que ya ha llevado a que la tasa de suicidios aumente considerablemente en este subcontinente de quienes no alcanzan a devolver lo prestado.

 

Un mercado, el Indio, donde los taxistas no se ven amenazados por estos modelos, sino por la necesidad de subsistir de un oficio en el que nada está asegurado a final de mes.

 

Pero no todo es un panorama de dificultades… sino que en otros países del sudeste asiático, el empuje de Uber y otras empresas colaborativas sirve para redefinir el sector e innovar, el verdadero sentido que debe tener todo nuevo modelo.

 

Así, el gigante del transporte privado se ha topado en esta región con una posición en el mercado donde no puede ejercer su hegemonía, y obligado a adaptarse a una cultura muy diferente a la occidental, se ve en situación muy similar a la del taxi en España y Latinoamérica.

 

Es el caso de mercados como el Filipino o China. En el primer caso, Uber se ha encontrado cara a cara con Grab, empresa que no se dedica únicamente a poner al servicio de particulares vehículos para su transporte. Grab sabe que en un país de más de 100 millones de habitantes, donde una cuarta parte vive en torno a la capital, Manila, el problema no es hacerle la competencia al taxi, sino ofrecer un transporte eficaz, rápido y barato para los miles de desplazamientos diarios.

 

Por ello, Grab ofrece los mismos servicios que Uber y Cabify, pero suma otros iguales de necesarios para el target dirigido como son la posibilidad de compartir vehículo, solicitar un taxi desde el móvil si no nos interesa un coche particular (sobre todo en horas puntas cuando el servicio se encarece) o envío de paquetes y mensajería de la misma forma que lo practican Glovo o Deliveroo.

 

Además, Grab ha incorporado sistemas de seguridad que faciliten que familiares de sus clientes sepan en todo momento vía GPS qué ocurre en el vehículo, sistema similar que en China su homólogo, Didi Chuxing, ha incorporado mediante un “botón del pánico”.

 

Esta última empresa se ha comido literalmente a Uber en ciudades como Pekín o Shanghái, gracias a otras innovaciones que hacen más cómoda la usabilidad a los chinos como la no necesidad de descarga de la app: se paga mediante Alipay (el principal servicio de pagos móviles del país) y de WeChat (la mayor aplicación de mensajería instantánea de China, con unos 900 millones de usuarios).

 

En definitiva, estas empresas en estos países son ejes de cambio, promotores de la evolución y la mejora de servicios… ¿merece esto debate?

 

 

¿Hacia dónde reenfocar el debate?

 

Estudiando y, sobre todo, escuchando y entendiendo las dos posturas, la de quienes se ven invadidos y la de quienes quieren entrar en el mercado sin frenos, el debate no debe ir encaminado hacia la calificación de un sector u otro como intrusista o privilegiado, sino hacia la calificación de “regulado”. Devolver al escenario actual las reglas del juego que siempre han existido para todos los ámbitos de la ejecución de una tarea profesional, nada más. El debate no es entre ellos, sino de ellos con el sistema político que queda paralizado ante la tecnología, la innovación y el cambio. Un sistema político con estructura del Siglo XX cuando las cosas eran muy diferentes; un sistema político que no se adapta a la realidad del Siglo XXI ya entrado, donde las realidades cada 5 años cambian radicalmente, comparado con un sistema creado en la época de los cambios cada 50 años.

 

Para ello tiene que haber voluntad por todas las partes de querer negociar la situación, pero sobre todo, voluntad de los entes reguladores, de los sindicatos y del gobierno no por encabezar protestas, sino encabezar propuestas.

 

 

¿Es el consumo colaborativo una amenaza para los sectores tradicionales?
5 (100%) 3 votes
¡Sígueme!

Artículos relacionados