A principio de este mes nos despertábamos con una grata noticia proveniente de nuestros amigos argentinos: una nueva ley auspiciada por el gobierno de Macri permitirá la creación de empresas en tan sólo 24 horas.

La ley, bien llamada como “de emprendedores”, no sólo contempla que una empresa pueda ser inscrita en 24 horas, sino que además permite que ésta sea registrada a través de Internet y que sus responsables tengan la posibilidad de llevar la contabilidad de forma online.

No me gusta hablar de política por estos lares, ya que entiendo que una buena conversación política bien llevada tiene que tener unos escenarios mucho más “amigables” que este gran foro que es internet, pero también entiendo esta herramienta como un buen instrumento para la expresión, así que permítanme que a partir de esta noticia, haga una breve reflexión sobre lo que hoy representa emprender no ya en Argentina, sino en toda Latinoamérica que es donde mayor perspectiva puedo aportar. Simplemente comienzo el articulo hablando de la Argentina porque entiendo que actualmente se está dando también una coyuntura favorable políticamente hablando que le va a permitir a ese país contar con una cierta estabilidad económica, tributaria y de marco legal hasta que en algún futuro vuelvan a subir los peronista, y todo está ya vuelva al caos en el que estuvo sumida durante la pasada década y pico.

Posando mi mirada desde Europa, me encuentro con la perspectivas hacia las economías latinas como situadas en una posición menos ventajosa dentro del escenario mundial: ese ego de la gran Europa otrora conquistadora que, sin embargo, ha visto a sus diferentes países miembros quien más y quien menos afectados por la enorme crisis de 2008 que poco o nada tocó al sur de América. Lo curioso de la crisis en Europa del 2008, es que sacó a relucir una cantidad de problemas estructurales que ya vivíamos en Sudamérica desde la década de los 90, o hasta quizás más atrás. Claro, en Latinoamérica estamos mucho más acostumbrados a los vaivenes de la economía, al desempleo, a la inflación, al déficit fiscal y a la corrupción. Es como que tenemos una predisposición a que vamos a tener que vivir eso en menos de 10 años vista; y así nuestra mentalidad se va adaptando más a vivir el ahora, la coyuntura actual, pero sin grandes planes empresariales de largo plazo. Esto se refleja en la sociedad, y la actitud que tiene un europeo ante una crisis es mucho más de desconcierto que la de un Latinoamericano, que sino la vivió, escucho de ella de sus padres, y cómo se adaptaban, o qué negocio familiar arrastró, qué empleos o industrias arrasó.

El motivo por el que las crisis globales (que no las crisis, que las hay a nivel local en cada país también latino) no afectan en gran medida a Latinoamérica de manera tan directa es precisamente porque con medidas como la emprendida recientemente en Argentina, sus gobiernos se muestran más permisivos para que aquel que quiera abrirse paso y no tener que depender económicamente de terceros, pueda hacerlo con garantías. Aquí también juega el proteccionismo comercial, la falta de desarrollo legal y regulatorio. Esto hace que cuando la crisis global estalla, se lleve consigo todas las economías desarrolladas, o abiertas, las que necesariamente están vinculadas unas con otras. No es el caso de Latinoamérica con el mundo, pero si de economías regionales como es el ejemplo del Mercosur.

Pero no sólo creando una cultura emprendedora sin cimientos como la que se está promulgando en España (donde el fenómeno de las start-up se está llevando con cierto descontrol), sino una cultura emprendedora de base, donde haya ciertas garantías de que si se tiene una idea, se pueda llevar a cabo sin ver comprometida la estabilidad económica personal y sin cuotas de autónomos que ahogue cualquier esperanza de obtener beneficios. Una cultura emprendedora donde haya fácil acceso al crédito (el ejemplo es la Israelí), donde además hay acceso al capital, y donde los inversionistas están activamente buscando emprendimientos. Solo con hacer fácil el acceso a la creación de sociedades no alcanza ni por asomo para generar una cultura de emprendedores, pero si es un paso importante. En España ni siquiera eso tenemos; montar una sociedad es una odisea, y lo peor es que no podemos aprender de los vecinos del norte, tan cerca, pero tan lejos.

Así, volviendo a la ley promulgada en Argentina, atendemos como además de las facilidades para el registro (insisto: inténtenlo en España en los mismos plazos), se apoya en el uso de las nuevas tecnologías para facilitar su constitución, un acceso a financiamiento, se facilita la inversión privada, se ofrecen beneficios fiscales… Es decir, no sólo se crea una simple ley, sino todo un ecosistema que la fundamente: realmente se incita a emprender. Así es que se crea la cultura del emprendedurismo, ya que viendo al prójimo tener excito, y facilidades para montar su idea, y llevarla a cabo es que poco a poco vamos contagiando al resto de la sociedad. Siempre habrá pioneros que lo hagan y muestren el camino, y a ellos el gobierno los tiene que ayudar con mayor atención, porque van a ser el virus que va a contagiar al resto de los que se animan menos.

¿Y cómo queda el panorama en el resto de Latinoamérica? Pues debo hacer parada obligatoria obviamente en Uruguay, como no pudiera ser de otra forma.

Allá, se ofrece un escenario que resulta complicado para el emprendimiento, por el hecho fundamentalmente que los últimos gobiernos han saturado a la población de impuestos, y el déficit fiscal no para de crecer. Eso hace que se complique crear una coyuntura favorable. Tampoco se legisla a nivel crediticio y financiero, como para dar ventajas. No obstante ahí están organismos como la Agencia Nacional de Innovación o en el ámbito privado Endeavor para establecer la base adecuada, aún compleja en cuanto a lo regulatorio, lo cual espero que se “contagie” de los métodos que a partir de ahora aplicarán nuestros vecinos.

Lo que sí que me gustaría resaltar de Uruguay es que en el último año se ha visto un cambio muy positivo al respecto de cómo se aprecia la figura del emprendedor, que por desgracia en nuestra historia más reciente se ha visto ampliamente denostada como algo casi elitista. Ahora, por suerte, se aprecia al emprendedor como verdaderamente es: como el motor de una sociedad, un factor clave en el desarrollo social del país. Esto se lo debemos mucho a los emprendedores uruguayos que han ido contra viento y marea para llevar a cabo sus ideas; pero se lo debemos también a la era tecnológica, donde se ha hecho mucho más fácil abatir ese problema intrínseco que tiene Uruguay: el pequeño mercado que posee. Además de esto, Endeavor y otras organizaciones vienen empujando la cultura del emprendedurismo desde hace muchos años.

El espejo a día de hoy en esto de la emprendedurismo en Latinoamérica lo aporta a mi humilde parecer Chile, donde políticas como las de Macri ya son toda una institución desde hace años gracias a iniciativas como “Startup Chile”, que aporta un capital inicial de 40.000$ de los que no se pide ni tan siquiera participación, el programa Yo emprendo de FOSIS, o los programas Capital semilla emprendimiento, de SERCOTEC o CORFO, por poner sólo algunos ejemplos.

Lo que me resulta un poco decepcionante desde mi punto de vista para países como Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia, etc.; es que tenemos un ejemplo cercano como Chile con políticas y coyunturas apropiadas para emprender, y no somos capaces ni de copiar. En este punto hay mucha incidencia ideológica, que tristemente se ha impregnado en Latinoamérica donde la figura de dueño, patrón o empresario se ha demonizado por la cultura popular (o populista). Este personaje es de por si explotador, y eso ha hecho que haya países que tienen leyes donde les permiten a los empleados ocupar sus lugares de trabajo (que no son de ellos). En este sentido el populismo ha hecho un daño muy grande que es muy difícil de destejer. Por esto mismo, les comentaba antes sobre las diferencias en percepción y actitud que tiene un europeo en contraposición a un latinoamericano. Tampoco podemos desconocer que Europa ha pasado hambre y destrucción, de una forma que esperamos que en Latinoamérica nunca se dé, pero eso ya está quedando bastante atrás.

En conclusión, respondiendo a la pregunta que yo mismo he planteado, la vía de respuesta rápida es un sí, sobre todo en comparación con el intervencionismo que se aplica en otras regiones a las que históricamente se les atribuye una mayor tradición emprendedora, pero es un sí con “peros”: los peros que aporta el precisamente no inculcar desde bien temprano la excelente decisión de emprender ni informar adecuadamente de las posibilidades que este modo de vida ofrece, un mal común por otra parte en la mayoría de países. Lo bueno de emprender es que te hace aprender continuamente sobre ti, y sobre tu entorno, es un constante desafío hacia lo que tu sabias hasta la semana pasada. Te cambia el carácter, y te hace descubrir cosas de ti que no podrás entender que las tenías.

Lo que sí me enorgullece de mirar hacia América Latina a la hora de hablar de emprendimiento es que, a diferencia nuevamente de otros escenarios como los que se han visto animados a emprender en España, en Latinoamérica se encuentran actualmente más motivados por la oportunidad que por la necesidad, precepto del cual nacen los mejores empresarios. Simplemente porque al tener menos facilidades, menos coyuntura, pero determinación, hacen que desarrolles más capacidades que los competidores de otras latitudes.

 

Emprender en Latinoamérica: ¿Mejor que en cualquier otro lugar?
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