El pasado lunes la aerolínea británica Thomas Cook anunció su quiebra, tras 178 años de historia.

Esta situación ha sacudido los mercados turísticos y ha afectado a más de 600.000 personas.

Ante tal infortunio, se ha intensificado el debate sobre las transformaciones en la industria del turismo y si se hubiese podido evitar en un contexto político sin “brexit”

Thomas Cook no ha podido resistir la competencia de plataformas digitales, las cuales llevan a los usuarios a crearse sus propias estancias en el extranjero. Al no saber responder adecuadamente a estos cambios, ha disminuido la demanda hundiéndose así la empresa.

La empresa había anunciado el mes pasado que Fosun, que ya era el mayor accionista, inyectaría 450 millones de libras en el grupo y, a cambio, el conglomerado de Hong Kong debía adquirir una participación del 75% en la división de operaciones turísticas de Thomas Cook y el 25% de su unidad de línea aérea. Los acreedores y los bancos inyectarían otros 450 millones de libras, y convertirían su deuda en una participación del 75% en la aerolínea y el 25% de la unidad de operación turística. 

Peter Fankhauser, consejero delegado de Thomas Cook ha señalado su “profundo pesar” suyo y del resto del consejo de administración al “no haber tenido éxito [en las negociaciones]” ha dicho en una nota. “Me gustaría disculparme ante millones de clientes y miles de empleados, proveedores y socios que nos han apoyado durante muchos años”.